La Biblioteca

Soy socia de la biblioteca municipal desde que tenía once años. Me acuerdo perfectamente: como acababa Primaria y me tenía que cambiar de colegio no me podían prestar libros para el verano en la biblioteca del colegio así que la bibliotecaria me recomendó que me hiciera socia de la biblioteca del pueblo. Así que ahí fui yo con un par de fotos y salí con un carnet de cartón con mi cara que me daba acceso a todo el conocimiento de la humanidad.

Casi hace quince años de ese momento y el carnet de ahora no es de cartón si no de plástico, no tiene mi jeta si no un código de barras y ahora me permite acceder a (casi) todas las bibliotecas del País Vasco.

Voy a la biblioteca por muchos motivos, principalmente porque creo que la cultura debería ser accesible a todo el mundo y las bibliotecas son uno de los pocos sitios que respaldan esta premisa. También hay motivos más mundanos, como que no hay casa ni sueldo que aguante mi ritmo de lectura: tendría que alquilar un pabellón para meter los libros y dejar de comer para pagarme el vicio.

Sí, habéis leído bien, el vicio. Tal y como hay fumadores empedernidos, también hay lectores empedernidos. Yo soy uno de esos. Siempre buscando libros para leer, historias interesantes, escritores por descubrir. Y cada vez necesitas una dosis mayor, claro. Al principio te vale con la colección azul del Barco de Vapor, luego te pasas a la naranja. Luego a la juvenil de Alfaguara. Aparte de todo lo que te recomiendan amigos, conocidos, familiares y, especialmente, la bibliotecaria.

Poco a poco descubres Seix Barral y Anagrama. Entonces estas perdido. Si antes te valía casi cualquier cosa ahora necesitas calidad y desgraciadamente calidad hay poca. Así que tiras para atrás y buscas entre los libros viejos, los que amarillean. Y ahí tienes un problema. Si tu biblioteca es como la de mi pueblo, esos libros están descatalogados. Huxley, Kerouac, Salinger, Golding, Scott Fitzgerald… Todos descatalogados. Incluso una colección completa de las obras de Isaac Asimov en perfecto estado.

Eso no quiere decir que no puedas acceder a ellos. Puedes, por su puesto que sí. Miras en el catálogo por Internet y puedes pedirlos. Muy bien. Pero no puedes tocarlos. No puedes pasearte entre las baldas y encontrarlos por casualidad. No puede llamarte la atención uno de ellos por su portada o su encuadernación. O porque lo coges erróneamente queriendo coger el que está a su lado. Es todo mucho más aséptico.

Tal vez yo sea una romántica, pero me entristece pensar que en las bibliotecas del futuro no puedas pasearte entre los libros. Cogerlos de la balda y leer un fragmento al azar. O ver el tamaño de letra con el que están impresos. O si ver están o no ilustrados. Me quita la ilusión por ir a la biblioteca. Me recuerda a este gente que presume de que se ha descargado 40.000 libros para el ebook. Que los tiene ahí pero no sabe ni como son, ni de que van ni va a tener tiempo para leerlos todos. Pero están ahí y con eso le vale.

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